domingo, 3 de noviembre de 2013

RESEÑA PERSONAL


 
DIOSES, DIABLOS Y FIERAS,
PERIODISTAS EN EL SIGLO XXI


EL SIGUIENTE ARTÍCULO SERA PUBLICADO EN LA REVISTA DE LA UNIVERSIDAD DE PERIODISMO JAIME BAUSATE Y MESA. ES UN RESUMEN DE MIS PRESENTACIONES DE DIOSES, DIABLOS Y FIERAS, PERIODISTAS EN EL SIGLO XXI, QUE HASTA LA FECHA SE HAN REALIZADO TRES EN LIMA Y DOS EN AREQUIPA Y CAJAMARCA. ESTAS DOS ULTIMAS GRACIAS A LA GENEROSIDAD DEL GENERAL LEONEL CABRERA COMANDANTE GENERAL DE LA REGION SUR Y A ROBERTO MEJIA ALARCON, PRESIDENTE DE LA ASOCIACION NACIONAL DE PERIODISTAS.

El título del presente artículo es el de mi libro publicado por el Congreso de la República en marzo del presente año (2013). Entre la docencia universitaria y el periodismo, atravesamos una ruta vital fascinante cuyas lecciones he tratado de plantear desde la investigación y de nuestra larga práctica profesional. Y lo hacemos en un momento en que la sociedad está obligada a rescatar la confianza en sus valores y en sus líderes. Estos apuntes van en este sentido.

Este libro -tan generosamente comentado ha merecido diversas presentaciones tanto en Lima como en provincias- trata de las relaciones entre los poderes político y mediático. El político, legitimado por las formas democráticas, que se ejerce con los contrapesos que la Constitución y las leyes establecen, y el mediático, que se impone y ejerce sin contrapesos en un universo donde los medios pueden ostentar tanta importancia y gravitación como cualquier Estado nacional e incluso competir con él.

Ambos poderes actúan en democracia y deben hacerlo en equilibrio pero no siempre es así. El reconocido escritor anglo alemán Ralf Dahrendorf abordó la amenaza de una democracia sin demócratas. Nos previno en el 2001, de la tentación que encarnaba Silvio Berlusconi al ver como el poder político podía surgir del mediático con todas las distorsiones posibles.

Dahrendorf vio venir un autoritarismo progresivo, o un populismo de baja intensidad, de la mano del soporte de una serie de poderes impropios de raíz mediática que, desprovistos de controles institucionales democráticos, dirigirían sus dardos populistas contra el parlamentarismo o contra el mismo sistema democrático. El objetivo sería impulsar la desapropiación soberana de la representatividad de la clase política y del Parlamento, y sustituirla por nuevos intermediarios que, convertidos en tribunos de la opinión, utilizarían al «pueblo contra el pueblo», y lo harían renunciar a «un control informado, cotidiano y permanente sobre la dirección de la cosa pública».

Por eso buscamos con DIOSES, DIABLOS Y FIERAS, impulsar un debate sobre el mejor periodismo posible para nuestros países. Y lo hacemos con la firme convicción de que mejores periodistas haremos mejores sociedades. Porque manejamos esa información que permite al ciudadano ubicarse en su realidad, que alimenta el cuerpo social, que coloca ideas en sus mentes, que modela pensamientos y genera la energía que necesitamos para construir.

¿Cuáles han sido los objetivos de este libro?. En apretado resumen podemos precisarlos:

1.     Esclarecer los aspectos que rescaten el periodismo de calidad y la ética aplicada a la libertad de prensa.

2.     Precisar las relaciones entre el poder mediático y el político.

3.     Insistir en la independencia del periodismo del poder político como del económico

4.     Insistir en la necesidad de medios públicos y en la autorregulación

El poder político es mediático y los medios requieren del poder político. El terreno común es la comunicación a partir de la cual se modela la mente de las personas y se construye el poder como bien dice Castells.

La comunicación influye en la realidad. De ahí que los intentos de cambio social y político dependen en mucho de los medios privados y estatales y dentro de estos últimos de los medios públicos que se caracterizan por una gestión e inspiración compartidas entre el gobierno y la sociedad, como sucede con la muy conocida BBC de Londres. No tenemos en nuestro país un medio comparable, estatal no gubernamental, que responda al interés de la sociedad y no al del gobierno de turno.

Y como lo vimos en las calles limeñas, ante la convocatoria hecha por las redes sociales, muchos salieron a protestar por la llamada repartija, como sucedió en las distintas ciudades del mundo con el movimiento de los Indignados -que Manuel Castells llama wikiacampadas. Los poderes mediático y político van cediendo espacios a nuevos actores cuya fuerza está en utilizar la Red para cambiar los flujos de información que antes eran patrimonio exclusivo de los medios tradicionales y del Estado.

Y también para cambiar designios políticos cuando se produce el desencuentro entre gobernantes y gobernados.

Los mediadores están cuestionados y mediadores somos periodistas y políticos. Para recuperar legitimidad, es decir autoridad y credibilidad, tenemos el derecho a la información que debemos defender como lo más avanzado que tenemos porque engloba la libertad de prensa y de expresión y porque, además, toma en cuenta los derechos del emisor y del receptor.

La crisis afecta a la prensa en el mundo, una crisis financiera, de modelo de negocios y también de credibilidad. Nuestro país no es una isla, nuestro periodismo también está afectado y debemos buscar mejorar su imagen.

En otros países del continente se aprueban leyes reguladoras de la prensa, no siempre equilibradas ni respetuosas de las libertades. El campo de la regulación puede ser minado, por eso es preferible la autorregulación con suficiente seriedad y responsabilidad, a partir de códigos propios y de un Defensor del Lector que procese las quejas, los reclamos y las opiniones de los usuarios. Un Defensor que sea independiente de los intereses económicos y políticos, tal como se exige para el Defensor del Pueblo.

Necesitamos un periodismo que cumpla una función social y política, esencial para la democracia, más allá de razones tecnológicas y económicas. No se trata solo de discutir soportes técnicos o modelos de negocio, el periodismo tiene que ver con la ciudadanía y con el derecho a la información, con la verdad y con los límites del poder, el propio y el ajeno, y por supuesto con la defensa de la libertad.

El futuro de nuestro periodismo depende de la fuerza moral, del respeto a la verdad y de la honestidad más que de los cambios tecnológicos. La diferencia no está en la técnica sino en la calidad.

Criticamos a la prensa cuando se subordina al interés empresarial y también al de los políticos que violan libertades y derechos. Tanto los magnates de los medios como las sociedades permisivas encierran peligros para la democracia, más allá de los riesgos obvios que vienen del poder político concentrado y ejercido de modo autoritario. Aspectos como la excesiva concentración de la propiedad mediática, la homogeneidad informativa del pensamiento único, la información convertida en espectáculo rentable, la prevalencia del negocio sobre el servicio, son males que la globalización económica, la revolución tecnológica y la crisis financiera han dimensionado hasta la exageración.

Los medios de comunicación pueden, a no dudarlo, cometer excesos, no respetar derechos, lesionar el honor, el prestigio, la imagen de las personas. En estos casos no hay muchos instrumentos para revertir o atenuar el daño causado. La autorregulación es un camino, no siempre el más usado ni el más eficiente.

Cuando el límite se convierte en restricción por razones de poder aparece la sombra de la censura dictatorial. Pero cuando el límite lleva el tamiz del autocontrol para salvaguardar los derechos de otras personas, estamos hablando en positivo de un necesario recurso para promover la responsabilidad social, la convivencia y la dignidad humanas.

EL PODER Y EL DERECHO A LA INFORMACIÓN

En DIOSES, DIABLOS Y FIERAS, ponemos énfasis en el derecho a la información. No queremos que la crisis mundial del periodismo lo destruya. Que su pérdida de credibilidad lo deje sin eficacia. Lo deseamos sólido, como fuerte fuente de difusión de las mejores ideas, de la información cabal, de la autoridad ética frente al poder, de la lucha por la democracia y por la dignidad contra toda corrupción.

El derecho a la información es casi una panacea de credibilidad cuando es respetado pues abarca la libertad de prensa y los derechos de ambos polos de la información. Es un pilar del Estado de derecho que garantiza la libertad de pensamiento y la participación en la vida política del ciudadano con total conocimiento de causa. Sin derecho a la información no hay control de la gestión ni democracia ni pluralismo político o ideológico. Es un derecho que se convierte en deber, el deber de informar.

La palabra clave para el derecho a la información es INDEPENDENCIA, logro difícil de alcanzar, de gran significación frente a los poderes fácticos, mundiales y nacionales, que subordinan la información y la comunicación y ejercen presiones sobre la verdad, el pluralismo y el debate democrático.

Sabemos que los medios son empresa y servicio al mismo tiempo por lo cual requieren de regulación y de normas que impidan los excesos, que siempre pueden darse, en la búsqueda de la ganancia. Como hemos reiterado no creemos en una regulación por el Estado, no la consideramos deseable pues podría atentar contra las libertades. Pero si es necesaria y deseable la autorregulación de los medios sobre la base de Códigos éticos propios y del Defensor del Lector o de la Audiencia. Porque la defensa de las libertades se hace desde los principios y valores y no desde ninguna impunidad exigida.

Mejores periodistas haremos mejores sociedades. Con el mejor periodismo ganamos todos. Su futuro depende de la fuerza moral, del respeto a la verdad y de la honestidad, más que de los cambios tecnológicos. La diferencia no está en la técnica sino en la calidad y en la ética. El mejor periodismo genera la energía espiritual que construirá la mejor sociedad posible.

El derecho a la información es un pilar del Estado de derecho; no hay Estado de derecho sin derecho a la información, el que a su vez garantiza la libertad de pensamiento. Sin derecho a la información no hay control ciudadano de la gestión pública ni real participación.

REGULACION O AUTOREGULACIÓN?

La regulación es imprescindible ya que, por definición, la información es propiedad inalienable de los ciudadanos, que han hecho de ella un derecho fundamental, y es frente a ellos que surge la responsabilidad de quienes de forma profesional se dedican a su elaboración y difusión. Ello obliga a un trato exquisito de la materia para no vulnerar otros derechos fundamentales de la ciudadanía.

La prensa es felicitada y se auto-felicita por fiscalizar frente a la inoperancia de instituciones democráticas como la justicia y el parlamento, que aparecen como ineficaces y/o cómplices con funcionarios sospechosos de ilegalidades. El periodismo que expone delitos oficiales alimenta el alto grado de legitimidad de los periódicos.

Por eso hay optimismo sobre la contribución del periodismo a la democracia pero también hay evidencias en contra. No pocas veces vemos a cierta prensa defender administraciones civiles, ignorar ilegalidades o actuando como megáfonos de acciones oficiales. Sin ir más lejos en el Perú sólo algunos medios cuestionaron el oscuro gobierno de Alberto Fujimori y su administración corrupta e intolerante, la mayoría, especialmente la llamada prensa "chicha" alimentada por información oficial, fueron instrumentos para deslegitimar y agredir a periodistas.

Viejos vicios persisten. Privilegiar el sensacionalismo con el fin de generar impacto rápido, eludir aspectos estructurales y sociales que perduran, publicar sin suficiente contraste resulta siempre en información equivocada. Temas que aparecen y desaparecen según los intereses en juego impiden el debate sobre cuestiones de interés público. Producir contenidos con tratamiento superficial y simplista de cuestiones complejas es síntoma de una prensa interesada solo en aumentar sus beneficios económicos.

¿Puede la prensa servir al bien público siendo una institución anclada en el mercado que persigue beneficios privados? ¿Son los medios, víctimas, cómplices o avasalladores de los Estados?

Las respuestas son complejas pues el mundo del periodismo sigue siendo paradojal por excelencia. No se hace referencia al papel de la prensa frente a los proyectos políticos de los gobiernos. Al peso propio de los medios frente al poder del Estado que es la otra cara de la moneda. Pues poder político y poder mediático están siempre relacionados, coludidos o enfrentados pero nunca totalmente separados, en nuestros tiempos la política es mediática.

Dos extremos: Algunos gobiernos argumentan que la prensa viola principios morales y éticos, que genera desinformación o que manipula la opinión pública en función de intereses propios y de grupos económicos llegando a atentar contra la democracia. Y es cierto que algunos grupos mediáticos pueden llegar a influir tanto que determinan políticas públicas, ejecución de proyectos y programas y ponen y sacan ministros y altas autoridades. Durante los procesos electorales, manejan sesgadamente la información para favorecer a determinado candidato y obstaculizar rivales. Construyen fácilmente liderazgos, a su favor, cada vez más mediáticos.

El derecho a la información es afectado cuando se impide el libre periodismo o cuando se apoyan partidos o grupos políticos y económicos o se hace oposición al gobierno que no acepta las demandas mediáticas. En países de la región donde los partidos políticos son débiles, los medios ocupan su lugar para canalizar las demandas y orientar políticamente a la población. O en países donde el poder judicial se ha deslegitimado los periodistas se convierten en jueces sumariales. O donde algunos medios o grupos de medios atacan lo que no sea afín al pensamiento, política o ideología de su grupo, se convierten en tribunas o maquinas demoledoras de carreras profesionales y políticas, que destruyen personas y familias enteras.

La debacle de Rupert Murdoch sacó a luz una enfermedad que había ido lesionando poco a poco el corazón del Estado británico desde hace 30 años.  La causa de esta enfermedad británica ha sido el poder absoluto, despiadado e incontrolado de los medios de comunicación y su síntoma principal el miedo. Lo dice Timothy Garton Ash. “En la cúspide de la vida pública británica ha habido hombres y mujeres que se movían con el corazón encogido por el miedo, y el miedo es enemigo de la libertad”.

De puertas adentro, los políticos, los encargados de relaciones públicas y hasta la policía se decían entre sí: no hay que atacar a Murdoch. Nunca hay que enfrentarse a los diarios sensacionalistas. Murdoch y compañía violaron sin escrúpulos, desvergonzada e ilegalmente, la vida privada de las personas para vender más periódicos y asegurarse influencia política.

La arrogancia de los medios influyó de manera importante en la política británica. Garton Ash llegó a la conclusión de que Rupert Murdoch era el segundo hombre más poderoso del Reino Unido: “Si el criterio supremo para medir el poder relativo es saber quién tiene más miedo a quién, entonces habría que decir que Murdoch ha sido más poderoso que los tres últimos primeros ministros, que le han temido mucho más a él que él a ellos”.

El mejor periodismo británico dejó al descubierto al peor. Y el escándalo de los tabloides de Murdoch permitió a los líderes parlamentarios reafirmar la supremacía de los políticos electos sobre los magnates mediáticos que nadie eligió. Se derribó la barrera del miedo.

La consecuencia de este escándalo ha sido el Informe Levenson -cuya lectura recomiendo a políticos, abogados y periodistas- un documento que busca un nuevo acuerdo que consagre los equilibrios entre la política, los medios de comunicación, la policía y la justicia, a través de la autorregulación de la prensa en el ejercicio del periodismo.

Indudable. Después del estallido de la crisis financiera global en octubre del 2008, el mundo discute la necesidad de regulación de las distintas actividades económicas. La libertad dentro del capitalismo debe ser regulada para no incurrir en libertinaje. Demasiadas veces el exceso de ambición propicia trasgresiones. De un Estado que los liberales deseaban mínimo y sin intervención han pasado a otro cuya intervención fue exigida para los rescates bancarios. Solo una regulación explícita impedirá que caigan nuevamente en los excesos que luego pagamos todos los contribuyentes. Lo ha dicho claramente el Premio Nobel Joseph Stiglitz: la regulación es una necesidad.

Y los medios de comunicación no son una excepción, son a la vez empresas y servicios de información, y también requieren de regulación, de normas que impidan excesos de avasallamiento y de abuso de poder.

Pero los medios protestan corporativamente cada vez que se habla de regulación alegando atentado a la libertad de expresión y de prensa. ¿Es que son empresas intocables? No lo son. Y si no desean una regulación que venga del Estado deberán asumir saludablemente la necesidad de autorregulación con base en los códigos éticos que ellos mismos deben formular y velar por su real aplicación.

Un periodismo de calidad es la única arma para superar la crisis de credibilidad que afecta al periodismo, separar la opinión de la información, comunicarla de forma diligente, asegurar el pluralismo, garantizar los derechos al honor, intimidad y propia imagen, preservar los derechos específicos de sectores sociales especialmente vulnerables, caso de los menores más un gran etcétera.

No quisiera terminar sin dar a estos apuntes un toque de actualidad. La serie televisiva The Newsroom es considerada de obligada atención pues difunde una declaración de intenciones y un planteamiento de las cuestiones más difíciles del periodismo:

¿Debe el periodista ser neutral? ¿Debe el periodista estar al servicio de una ideología? ¿Qué papel juega el periodismo en la democracia y/o en la grandeza de un país?

La serie, producida por Aaron Sorkin, quiere devolver el temple heroico a una profesión que lo ha perdido. Ya es una referencia para el aprendizaje de la teoría y la práctica del periodismo en las universidades. En su primer capítulo planteaba los ideales del gran periodismo anglosajón, en el segundo se volcaba al cómo y en el tercero mostraba con radical crudeza un antiguo dilema: o buen periodismo o rentabilidad.

¿Qué es y qué no es Periodismo? ¿Cuál es la misión del periodista?

El buen Periodismo aborda temas de interés público; no merece el nombre de Periodismo la divulgación de la vida privada de las personas.

El auténtico Periodismo ejerce una labor civilizadora y democrática -constructiva-; el periodismo rosa –que busca noticias “demoledoras” o destructivas- nos sume en la barbarie.

El Periodismo busca la verdad, y contrastar la historia con al menos tres fuentes distintas y fiables es requisito fundamental para que se convierta en noticia.

Finalmente una reflexión actual en torno al debate originado por la compra por el grupo El Comercio del 54% del 34% de las acciones del Grupo Epensa. Lo positivo es que se ha iniciado un debate sobre los medios que siempre estuvo ausente a pesar de ser esencial para la democracia. Lo real es que toda concentración mediática es siempre indeseable y aún más en un país con un Estado nacional débil. Incrementar el poder mediático, dejarlo en poquísimas manos, en situación de dominio frente a partidos y líderes políticos con escaso apoyo, es distorsionar esencialmente la precaria democracia que tenemos.

¿Quién manda en el Perú de hoy?. Son muchos los que perciben que puede ser el poder mediático, altamente concentrado en prensa escrita y digital, que logra encimar al poder político ejercido por quienes han sido elegidos por el voto popular. El grupo El Comercio, con más del 80% de la propiedad de los medios escritos, la que se refleja también en la Internet y repercute en la televisión abierta y de cable, podrá en adelante establecer barreras publicitarias -como temen los propietarios menores de los medios- poner la agenda política, apoyar o sacar autoridades elegidas y designadas y competir con el gobierno en todos los terrenos.

Gustavo Mohme Seminario abrió fuegos al señalar que podría generarse una situación de abuso debido al dominio mediático de un solo grupo. Se quedó corto porque el poder incrementado del grupo El Comercio puede no quedar ahí.

Si el interés del diario La República era balancear el mercado y generar una competencia menos asimétrica a la pre-existente apuntó mal porque ahora estamos peor. Pero el campanazo está dado. Que su sonido no se apague si queremos una democracia real en nuestro país.


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