viernes, 3 de agosto de 2012

VIENE LA INVESTIDURA


 EL DISCURSO DEL PREMIER

El discurso de Ollanta Humala ante el Congreso cumplió protocolarmente con el requerimiento constitucional pero dejó insatisfechos a tirios y troyanos. El derecho al agua fue celebrado como casi el único aspecto fundamental dentro de una lista de buenas intenciones y de promesas asistencialistas, solidarias, de buen sentido a concretarse por el Estado en beneficio de los sectores desfavorecidos de la sociedad.

Pero eso no es la Gran Transformación que esperaba su electorado y el país. A este gobierno le está faltando grandes definiciones, objetivos y metas, orientaciones políticas concretas. Desde el Ejecutivo y desde el Legislativo se requiere autoridad para gobernar, que el pueblo vea quién toma las decisiones, quién gobierna, cómo y para qué. La impresión del piloto automático, del desgobierno o del pragmatismo sin norte es lesiva a la confianza en la democracia.

Desde la rimbombancia de la Gran Transformación a la modestia de la Hoja de Ruta y a la lista de promesas del mensaje patrio hay una distancia a ser recorrida con más ejercicio de la política que convence y entusiasma y menos con el dejar hacer.

Le corresponde al flamante Primer Ministro Juan Jiménez Mayor llenar vacíos y comprometerse con determinados objetivos en su discurso de investidura ante el Congreso. Ha puesto la mejor pica en Flandes al asumirse como el gabinete del diálogo frente al de la imposición de Oscar Valdés. Y ha acertado al modificar la forma como el Estado deberá hacer frente a los conflictos, el aspecto coyunturalmente más difícil. El énfasis en el diálogo y la participación es fundamental pero deberá buscar e institucionalizar espacios de acercamiento con los gobiernos locales y regionales, espacios permanentes, más allá del gran paraguas que es la descentralización como proceso inacabado y lleno de problemas.

Ollanta no es el único gobernante elegido con un programa de izquierda que se ve obligado a girar hacia la derecha. Lo han hecho casi todos los social demócratas en el continente con la única excepción de Hugo Chávez cuyas reservas petroleras le dan autonomía de vuelo. Casi todos se inician con concesiones al neoliberalismo y a los grupos económicos, como respuesta a las exigencias de la globalización, para luego asumir posiciones propias ubicándose en el centro o en el centro izquierda. Es posible que Ollanta Humala esté ingresando en este segundo año a ese proceso de reacomodo y por ello evitó en su discurso mayores definiciones, especialmente respecto del emblemático proyecto Conga. Y si está buscando el equilibrio para ir hacia un referente como el gobierno de Lula da Silva deberá contar con dos alas responsables, con una izquierda y una derecha razonables, que le den el apoyo en el momento adecuado.

La clave para todos es hacer política con  responsabilidad en democracia. Se trata siempre de fortalecer las instituciones para que los conflictos y demás exigencias se procesen dentro y no fuera del sistema. Que las dificultades que en este momento tiene Humala para gobernar sin violencia ni imposiciones no sean irresponsablemente exacerbadas con satanización o diatribas fáciles. El juego político que usa la violencia física o verbal debe ser rechazado para todos los sectores, incluido aquel cuya protesta es legítima. No debemos empujar a un gobernante que puede todavía ubicarse en el centro político a los brazos de la ambiciosa derecha cavernaria o a los del fujimorismo que ya lo está tentando con sus cantos de sirena.  

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